Aprender Salud
La salud como reserva: ¿con qué recursos contamos?
Tres historias de vida buscando hacer foco en los recursos que nos fortalecen, en los que nos hacen más robustos, menos frágiles, menos vulnerables.
¿Cómo nuestros recursos nos ayudan para atravesar la adversidad?
Por el Dr. Carlos Galarza, Director Editorial de Aprender Salud.
Compartimos, a continuación, tres historias. Una muy conocida, la de Santiago Lange quien, luego de atravesar una enfermedad seria, obtuvo una medalla de oro en las Olimpíadas de Rio 2016. Y otras más cercanas, de nuestra comunidad, la de Daniel Besada y la de Mariángeles Lucio. Ambos, en su intimidad, sin medallas, comparten -diría yo- el mismo podio, por ese valor de “echar mano” a sus mejores recursos y atravesar la adversidad...
Nuestra intención es hacer foco en los recursos que nos fortalecen, en los que nos hacen más robustos, menos frágiles, menos vulnerables.
Las reservas de salud. Estas capacidades, generalmente no son percibidas, no salen en los análisis, no se notan. Y emergen ante distintos disparadores, de ahí el concepto de “reserva de salud”.
Este término es muy amplio, incluye todos nuestros recursos, los que traemos “de fábrica” y los “adquiridos”. Abarca nuestros dones, nuestra historia, el lugar donde vivimos, la cultura, las relaciones sociales, el cuidado del cuerpo y su entrenamiento físico, la capacidad de motivarnos, el deseo de aprender, etc. También al sistema de salud y nuestra relación con el.
En ese sentido, nuestros entrevistados nos iluminan con sus palabras:
• Santiago nos cuenta: “¿Qué me ayudó? Yo creo que, al estar formado como deportista, trabajé mucho la personalidad en cuanto a la adversidad, en cuanto a la superación, en cuanto plantearte un objetivo para cambiar algo...”
• Mariángeles destaca: “El grupo fue el motor de mi recuperación.”
• Y Daniel completa: “Cuando vos tenés un cuadro como el mío, que se presenta de golpe, en ese momento se reactivan cosas que se tenían guardadas. Mi familia fue fundamental, me ayudó el conocimiento que tengo de mi cuerpo...”
Lo imprevisible. Otra cuestión inherente a estas tres historias, es que -digámoslo- hay un subgrupo de enfermedades o problemas de salud que no podemos prever. Emergen súbitamente, de forma inesperada, y no se condicen con un estilo de vida saludable, con la lógica de lo que entendemos como prevención (“el chequeo me dio bien” o “tengo el colesterol bárbaro”).
Esta realidad choca con las ilusiones que nos propone el mundo actual: la idea de un control total de lo que sucede, una ausencia de incertidumbre. Y la idea de que todo se compra hecho.
En contraste, estas historias destacan la capacidad de respuesta de los seres humanos a la adversidad, donde se conjugan las reservas con un gran involucramiento para recuperarse, una dosis inmensa de creatividad para motivarse, sostener objetivos. Y, en muchos casos, hasta salir fortalecidos a partir de un gran desafío.
En la vida cotidiana: ¿cómo aumentar las reservas de salud y bienestar? Un ejemplo sería una persona de 70 años que se tropieza por “esa” baldosa floja, la que nos está esperando. Si está en buen estado, el tropezón no sera caída, no será fractura. En este caso puede tener más reservas quien asiste a una clase de baile que estimula los reflejos, el equilibrio, la propiocepción, fortalece los músculos y huesos. Y los vínculos, la sociabilidad. Tendrá más reserva quien dispone de compañía para ir caminar, una motivación para salir de casa. Y esto nos da una idea cómo podemos ayudar a los demás a tener reservas.
Tendrá más reserva el que aprende, sabe más, conoce y practica lo que se necesita para estar fuerte, se toma su tiempo para hacer gimnasia. O quien se organiza para comer de modo tal de lograrlo.
Un “descubrimiento”: muchas acciones que aumentan las reservas, aumentan el bienestar. Es decir, no tenemos que hacerlo por obligación, pueden ser parte de una mejor vida.
Los invitamos a conocer estas historias y reflexionar. ¿Con qué herramientas, recursos, vínculos, cuento hoy para enfrentar los posibles desafíos? Y más importante, ¿Cómo podemos “cultivar nuestras reservas” de salud y bienestar? ¿Y en qué podemos ayudar a nuestros seres queridos en este objetivo?
“El grupo fue el motor de mi recuperación”
Mariángeles Lucio tiene 36 años y hace dos padeció un accidente cerebro vascular (ACV), del cual se recuperó. Su relato fue seleccionado el año pasado para la campaña “Mi Historia en el Italiano” y nos llamó la atención por la importancia que le dio a lo grupal para superar un desafío personal.
¿Qué fue lo que te sucedió?
Estaba con mi prima y una amiga festejando los últimos días del feriado largo. Tenía un poco de dolor de cabeza y me descompuse. Le dije, mientras me desvanecía, que estaba teniendo un ACV, sabía del tema por un familiar que lo había padecido.
Al despertar, me encontraba en una camilla sin poder mover el brazo ni la pierna izquierda, no los sentía. Todo lo que iba sucediendo era totalmente impensado. De pronto, un médico se acercó y me dijo algo que me marcó un antes y un después: “esto tiene rehabilitación”.
¿Qué sucedió al comenzar ese proceso?
Cuando ingresé al Programa de Rehabilitación (PRONE) pensaba que iba a encontrar gente triste, con problemas. Sin embargo descubrí un grupo increíble, con quien compartimos un montón. Al comenzar conocí a Marcela, mi primera compañera; y a Lucía, mi terapeuta ocupacional. Luego a Diego, María, a Luis… Comprendí que, lo que me sucedió, era un desafío a mi cabeza y mi voluntad. Distinguí, además, que este desafío no era individual sino grupal.
¿Por qué sentís que fue un desafío grupal?
Recuerdo un día que Marcela, en rehabilitación, estaba haciendo un ejercicio y veo que frena, lo termina. Le pregunté por qué había parado y me contestó que ya había terminado las diez repeticiones que le indicó la terapeuta. Ahí le conté que yo iba por la repetición número 69, que era bueno seguir haciéndolo. Al otro día me mira y me dice “voy por la 78”. En ese momento me di cuenta de que mi problema -y su modo de encararlo- era grupal.
A mí me encanta motivar a la gente, porque veo que a ellos les hace bien. Pero a mí también, nos da pertenencia, empatía en el grupo. Si nosotros, como grupo, podíamos crear esto, era posible la recuperación. Si ellos no hubieran estado, yo no me habría recuperado como me recuperé. Ellos fueron el motor de mi existencia, fueron mi familia, fueron todo.
¿De qué modo transitaron este camino como grupo?
En todo momento intenté que ellos fueran felices, sacarles una sonrisa, motivarlos si estaban en un mal día, y eso me dio mucho placer. Una tarde le propuse ir a tomar un café a Marcela, fuimos al bar de enfrente, ambas en silla de ruedas y acompañadas por nuestras familias. Fue muy lindo, charlamos y, al otro día, le vuelvo a decir ¿y si vamos de vuelta pero esta vez invitamos a más personas del grupo? Ahí surgieron las “cafeteadas”, se fueron sumando más compañeros, esto nos unió mucho, festejamos el día del amigo, la primavera o reuniones porque sí.
¿Estas capacidades creés que ya estaban con vos?
Yo soy muy optimista y siempre me gustó ayudar a la gente, colaborar, creo que ya venía en mí. Y ayudar me dio mucho entusiasmo. También soy muy constante, creo que en estas situaciones hay que tener mucha voluntad. Por ejemplo, cada ejercicio que aprendía en rehabilitación, lo hacía en mi casa también, no una, sino mil veces. Lo que no sabía era que, en una situación como esta, iba a reaccionar así. Pero cuando te pasa vos intentás sobrevivir. Es nada más tu voluntad y la capacidad de encontrar herramientas y estrategias que te permitan avanzar.
¿Qué cosas nuevas aprendiste?
Aprendí a proyectarme, no me veía a mí misma en silla de ruedas hasta los 70 años. Entonces, día a día, me proponía objetivos: por ejemplo, contaba el tiempo en que tardaba en hacer un ejercicio y lo repetía para hacerlo más rápido. Siempre buscando estrategias para sostener la motivación.
¿Hay cosas que te hayan costado más?
Yo agradezco haber tenido esta experiencia, fue más lo que gané que lo que perdí. Hay pequeñas cosas que no recuperé o no logro controlar pero fue muy placentero todo lo que se creó, un grupo hace maravillas. Ya volví a trabajar, estoy planeando irme a vivir sola. Te tenés que desafiar todo el tiempo, el límite te lo ponés vos.
“Haciendo escultura se me pasa el dolor”
Daniel Besada tiene 63 años y padeció la ruptura de un aneurisma cerebral en el 2004. En su proceso de recuperación descubrió una actividad que lo ayuda a convivir con el dolor crónico y las limitaciones físicas que le dejó esta enfermedad.
¿Cómo era tu vida antes de esta situación inesperada?
Yo trabajaba en arquitectura publicitaria, un trabajo que me insumía muchas horas, mucha responsabilidad, mucho estrés. Hacía stands en ferias y exposiciones, que siempre tienen una fecha y una hora de entrega, se construye contra reloj y eso te exige correr todo el tiempo.
Una noche me fui a dormir y me desperté con esta “chiripiorca”, como yo le digo. Y, a partir de ese momento, no pude hacer casi nada de lo que hacía, todo lo que era andar corriendo de un lado para el otro, con horas de entrega, desaparece. Pero bueno, ante esto ¿qué hacer?
¿Qué sucedió?
Me operaron y salí “doblado”, estaba en silla de ruedas, tenía mucha dificultad con el habla, no me salían las palabras adecuadas para nombrar las cosas, los nombres de familiares, amigos, pese a que -curiosamente- pensaba bien. Esto le causaba mucha gracia a toda la familia.
Hice rehabilitación e iba avanzando mucho en la recuperación de mis capacidades, me hacía la ilusión de que iba a recuperar el movimiento de todo el cuerpo. A partir de un tiempo y, pese a todo lo que hacía, noté que había llegado a un techo, no avanzaba más. Fueron cuatro o cinco años arduos y abandoné la rehabilitación: había que aguantarse la que me tocaba.
Volví a caminar, a hablar bien, pero me quedó una parálisis del lado derecho de mi cuerpo, lo que me impidió volver a llevar la vida que realizaba, yo era diestro. Ahí descubrí que tenía cierta habilidad en la mano izquierda. Por ejemplo, me cuesta mucho escribir -además no lo practico- y, sin embargo, puedo modelar con mucha facilidad.
¿Cómo lo descubriste?
Mi hija Cecilia es artista plástica y había armado un taller de escultura. Me anoté y la cosa me gustó. Yo había hecho cosas en plastilina cuando tenia siete años y esa faceta artística quedó colgada a la espera de una cosa así. Comencé a trabajar en arcilla cerámica con horno, primero con ella y después fui buscando distintos maestros que me fueron aportando sus conocimientos, enseñando, corrigiendo...
Otra secuela que me quedó es un dolor permanente en la mitad derecha de mi cuerpo, que, curiosamente, puedo llegar a manejarlo si estoy haciendo alguna cosa que me hace olvidar del dolor. Cuando estoy trabajando en escultura me concentro en lo que estoy haciendo y, automáticamente, el dolor me pasa, cosa que es fantástica.
Esta capacidad que descubriste, ¿pensás que ya la tenías? ¿Surgieron otras?
Puede ser, yo no era un tipo de quedarme, cuando me pasó esto también tuve que salir. Evidentemente, con una enfermedad como esta reactivás cosas que ya estaban en vos. Me ayudó el conocimiento que tengo de mi cuerpo, quizás porque fui gimnasta y lo trabajé mucho.
También tengo otra cosa que me motiva, aunque pone bastante nerviosos a los que están cerca mío: quiero hacer las cosas tal cual las hacía antes. Siempre lo intento, hay cosas que puedo y otras que, tras varias pruebas, no logro hacerlas. Cuando no puedo, pido ayuda, lo hago sin vergüenza, puedo parar a cualquiera en la calle y pedirle por favor si me puede atar los cordones. Pero prefiero intentarlo.
También hace falta tener una familia que esté pendiente de vos todo el tiempo, pero eso era así antes. Mis hijos, mi mujer, mis yernos, nuera, todos me acompañaron y me acompañan mucho.
¿Hay cosas que te costaron más?
Una de las cosas que más me costó es no poder manejar mi auto. Lo hice durante un tiempo pero, al tener reducido el campo visual y al haber manejado toda la vida con la visión completa, no pude adaptarme. Choqué varias veces y vendí el auto, me dolió mucho, todavía me duele.
No me conformo, no es que quiero seguir así, no es que lo que he logrado es fabuloso: son cosas que hice porque necesitaba hacer algo. Pero siempre estoy con que “yo antes lo hacía mejor”. Y ese recuerdo es permanente, es una batalla diaria entre el antes y el ahora.
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Santiago Lange: “No fue una batalla, fue una enseñanza”: Revivimos, junto al campeón olímpico argentino, el camino de aprendizaje que le dejó su experiencia personal ante el desafío de la adversidad. Leéla completa acá.
Por el equipo editorial de Aprender Salud. Nota publicada en la revista impresa, Junio 2017.