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Así define Florencia Cornara el espíritu de Micelio, un proyecto que transforma la inteligencia artificial en una conversación accesible, estética y crítica sobre el presente y el futuro de la tecnología, también en ámbitos como la salud.
Micelio (m. Bot.): estructura vegetativa de los hongos, compuesta por millones de filamentos delgados que se extienden bajo el suelo formando un entramado interconectado. Para la biología, esa red resulta fundamental para sostener la vida: conecta ecosistemas, intercambia nutrientes e información, y permite que distintas especies colaboren para adaptarse y sobrevivir.
Esa idea de una inteligencia distribuida, donde nada existe completamente aislado, trascendió hace tiempo el ámbito científico. Artistas, escritores y realizadores la tomaron como metáfora para pensar las relaciones entre los seres vivos, la tecnología y la comunicación. En la serie de HBO de The Last of Us, por ejemplo, los creadores Craig Mazin y Neil Druckmann reemplazaron las esporas del videojuego por una red de Cordyceps interconectada que permitía alertar a todos los infectados ante la detección de una amenaza, complicando así la vida de los protagonistas Joel y Ellie.
La misma imagen, pero resignificada desde otro lugar, dio origen a Micelio, el proyecto multimedia creado por Florencia Cornara, nuestra invitada en esta edición de Innova. Desde ese espacio multimedia explora los cambios que impulsan la inteligencia artificial y la cultura digital, acercando debates sobre ciencia, tecnología y sociedad desde una mirada crítica y creativa. Una perspectiva especialmente relevante para la salud, donde comprender el impacto de estas tecnologías es tan importante como desarrollarlas.
¿Cómo fue tu recorrido profesional hasta llegar a Micelio?
Florencia Cornara: Mi recorrido fue bastante poco lineal. Cuando terminé la secundaria, hice dos ingresos universitarios y, por cuestiones económicas, terminé eligiendo una carrera cerca de mi casa que combinara creatividad, diseño e imaginación. Así estudié Artes Visuales; así que pasé cinco años haciendo dibujos, pintura, pintura y grabado. Después decidí que no quería dedicarme a la docencia artística y empecé a trabajar en políticas públicas, educación y tecnología.
El gran cambio llegó cuando comencé a trabajar en la Universidad Nacional de Hurlingham (UNaHur), que es donde estoy actualmente, creando materiales pedagógicos para distintas carreras, entre ellas varias del ámbito de salud. Ahí pude profesionalizar la comunicación de contenidos complejos y transformarlos en recursos accesibles que los estudiantes pudieran apropiarse.
¿Cómo fue ese primer acercamiento a la comunicación en salud?
Fue una experiencia muy enriquecedora porque implicó acompañar a profesionales asistenciales para que aprendieran nuevas habilidades, como escribir guiones, grabarse en cámara y producir materiales educativos destinados a más de veinticinco mil estudiantes.
Si bien no todos participaron de todas las propuestas, quienes se sumaron mostraron un compromiso enorme y gusto por el conocimiento de nuevas habilidades. Aprender algo completamente nuevo cuando ya se tiene una trayectoria profesional requiere exponerse y salir de la zona de confort.
¿Cuándo nace Micelio?
Micelio nació en abril de 2025. En un principio, la idea era crear un espacio de formación y consultoría con una perspectiva centrada en ciencia, tecnología e innovación, pero buscando un formato diferente al de los cursos tradicionales. ¿Cómo se le podía dar valor agregado a eso que ya venía haciendo? Con una vuelta artística. Siempre se pensó Micelio como un proyecto con una identidad propia, más creativa, que permitiera abordar temas complejos desde otro lugar.
También se imaginó, desde el inicio, como una propuesta multiplataforma: empezó con artículos largos en la página web y las redes sociales (que, contrario a lo que dicta la tiranía del algoritmo, tienen la característica de tener carruseles largos con mucho texto y poca preponderancia de reels). Más adelante se sumó el podcast, que era un formato que siempre quise desarrollar porque sentía que funcionaba muy bien para este tipo de temas: salió un veintipico de diciembre con nulas expectativas y a los 10 días ya había muchísima gente que lo había escuchado.
¿Esperabas el crecimiento que tuvo?
No. Se había pensado como un proyecto pequeño, con algunos miles de seguidores, principalmente como un ejercicio de producción y reflexión colectiva. Pero rápidamente generó mucho alcance y, sobre todo, que empezara a consolidarse una comunidad muy activa alrededor del contenido, que se apropia, opina y participa de las propuestas.
El verdadero punto de encuentro terminaron siendo las historias de Instagram, que yo hacía absolutamente todos los días desde que arrancó Micelio. Ahí comenzó toda la cuestión más comunitaria. Desde ese espacio, se generaron conversaciones espontáneas, intercambio con seguidores y mucho contenido colaborativo. La verdad es que la gente responde un montón y hace chistes muy buenos. ¡Incluso apareció gente de otros países de Latinoamérica!
¿Acatás las demandas del algoritmo?
No demasiado. La verdad es que todo Micelio está ordenado por la motivación personal. Después de tantas experiencias institucionales como las que relaté, en donde debía ser siempre “políticamente correcta”, decidí crear un espacio donde prima lo lúdico y el deseo, y la comunidad se tiene que acomodar a eso… ¡Y lo hace! Yo creo que la gente que se suma viene porque, de alguna manera, percibe que hay algo genuino. Yo por los likes no hago nada, porque si me tengo que regir por eso, dejo de disfrutar. Obvio que me gusta mucho cuando los contenidos tienen más alcance, pero no quiero encasillarme. Micelio no es una agencia de noticias, es algo más.
¿Qué planes tenés para Micelio?
Voy a empezar a hacer podcast, pero en vivo. Voy a hacer un estudio de streaming. No tanto para que la gente se conecte en vivo, sino para dejarlo un poquito más espontáneo y más noticiero. Pensado para la consumición on demand, pero más instantáneo.
La experiencia me demostró que la edición es un poco neurótica. Para hacer el podcast, primero hago una investigación, después grabo y después edito, y es como que cada vez hago un contenido distinto.
Para cerrar, ¿por qué elegiste el nombre Micelio?
Como saben, micelio es la red biológica interna subterránea que une a los hongos. Es uno de los organismos vivos más grandes de la historia de la Tierra: se pueden conectar a kilómetros y kilómetros, pueden tomar decisiones según el contexto y pueden analizarse unos a otros. Entonces se pensó que eso podía funcionar como una buena metáfora, en el sentido de que hay algo que no funciona en soledad, hay algo que no funciona en el individualismo y que funciona en red. La excusa de hablar y de discutir sobre la inteligencia artificial generativa, que es una tecnología que intenta ser mimética de la biología humana, era la oportunidad para fortalecer lo humano, y lo humano se constituye de otros seres vivos también, al igual que los hongos.
Así que ahí está el micelio: nosotros y las máquinas. La red sociotécnica es una “malla sin costuras”, como dice Thomas Hughes, sociólogo de la tecnología. No hay tecnologías sin seres humanos, no hay seres humanos sin tecnología. Hay una creencia de que existe “lo duro”, “lo natural”, un mundo por fuera de la técnica, y no es así: sin técnica no hubiera habido evolución humana, no hubiéramos llegado vivos hasta acá. Sin duda, asistimos a un cambio civilizatorio: un cambio de cómo se gana dinero, de cómo se trabaja, de cómo se conoce, de cómo se aprende. Desde el momento en que vos te parás de uno de los extremos, quedás inmovilizado. Entonces, la propuesta de Micelio, más allá de los productos de comunicación, tiene que ver con “el camino del medio”, tiene que ver con poder ver las dos caras de una misma moneda. Tiene que haber cierta flexibilidad para armar un mundo nuevo.